9.24.2014

Qué guapa está y qué poco se lo cree.

Despertar
para ella es sinónimo de posponer la alarma
hasta tres veces.
Se lava la cara sin mirarse al espejo
porque sueña tanto por las noches
que unos ojos sin legañas,
le recuerdan a deshacerse de lo onírico.
De aquello que irónicamente
la mantiene más viva.

Qué guapa está por las mañanas,
y qué poco se lo cree.
El rojo de sus labios es tan intenso,
que como para fijarse en sus ojeras.
-A las que más de uno dedicaría un poema,
por cierto-.
Por no hablar de esa manía tan suya
de tocarse el pelo a cada segundo,
o de mirarse las uñas cuando está nerviosa.
No se da cuenta de que las fuentes se encienden
cuando la ven pasar por los parques.
Ni de que al mirar por la ventana del autobús,
cualquiera se enamora de su perfil de gata.
Ni siquiera de la seducción tan tonta
que provoca el vuelo de su falda
en cada parada en la que se sienta.

Más perdida que nunca,
sin saber que  el mundo se muere de ganas
por encontrarla.
A ella.
A la ironía de esa chica triste
con la sonrisa más bonita de la ciudad.
La que se para en todos los escaparates,
disimulando interés por las últimas rebajas
cuando se ve a kilómetros cómo se sube los pantalones,
cómo se mira de reojo
y cómo se vuelve a retocar el pelo.

Adora los días de lluvia.
Esos en los que no tiene que dar explicaciones
de por qué se le ha corrido el rímel.
Adora los vestidos,
pero no sus finas piernas
a las que llama ‘’columnas griegas’’.

Qué se le va a hacer,
se ve más bonita en un poema.
Bailando desnuda en cada  verso
libre
como ella.
Le gusta verse reflejada en una metáfora
y no en un espejo que la intoxique de inseguridades.
Porque según ella,
las musas carecen de complejos.
Será que Bécquer nunca ha hablado de medidas perfectas,
o que a Niemeyer  le atraen las curvas
en el cuerpo de la mujer preferida.
Y prefiere eso a una realidad barata,
esa que le hace cerrar los ojos con fuerza,
cada vez que ve modelos escuálidas en las marquesinas.

Menos mal que hay manos grandes
con el don de tapar todas sus taras
a base de caricias
o de agarrarla fuerte de la cintura.
-Como cuando se sienta encima de él
y se cree por fin que es una diosa-.

Menos mal que hay cosquillas en los pies,
que eliminan cualquier dolor de tacones
y que él la prefiere pequeñita.
Con sus Nike blancas
que la obligan a ponerse de puntillas
entre beso y beso.

Y él mira con descaro el bamboleo de sus piernas,
como un león hambriento a punto de devorar a su presa
después de un día entero sin comer en la selva.
Entonces ella decide moverlas,
cruzarlas
y abrirlas
con un swing que inspiraría cualquier Twist and shout
de los Beatles.

Y se anima a subirse la falda,
a ponerle las piernas encima de los vaqueros
mientra él le habla de penaltis
y de su último gol.
-Cuando ella sólo piensa
en los tantos que marcan en la escuadra de su andar
tras bajar la cremallera-.

Quizá por esa razón,
hay inviernos que desaparecen en Burgos
en el instante en el que ella deja
de esconderse las manos bajo las mangas de los jerseys
para colocarlas sobre su pecho.

Desde que el frío le regala primaveras,
desde que la pérdida de la noción del tiempo es más que evidente
y desde que la cordura le resulta aburrida,
se ha vuelto tan loca
que la  única cuerda que conoce es la de su guitarra.
Y ya no hace falta una cuarta alarma que la despierte,
y se mira con soltura frente al espejo
y piensa en lo preciosas que están sus ojeras
al haber sido besadas por el amanecer.

Y le da igual que sea lunes
o que la cama esté sin hacer,
porque con su vestido de flores
manda a tomar por culo cualquier rutina.

Qué guapa está por las mañanas
removiendo el hielo del café,
por las tardes
esperando a que llueva
y por las noches pidiendo guerra.

Qué guapa está,
y por fin
se lo cree.